domingo, 24 de abril de 2011

La moral frígida!!

El doctor Watson no decía nada, pero Sherlock Holmes le respondía. Contestaba sus silencios, mientras iba adivinando, uno tras otro, todos sus pensamientos.
Este brillante festival de deducciones inició dos de las aventuras del detective inglés. En las dos se repitió, palabra por palabra; y no fue por descuido del autor.
El relato original, "La caja de cartón", contaba la historia de un marinero que mataba a su esposa y al amante. A la hora de reunir en libro los relatos publicados en revistas, el autor, Arthur Conan Doyle, prefirió no herir la sensibilidad de sus lectores ni disgustar a la reina.
La época, good maners, exigía cortesía y silencio. No había por qué nombrar el adulterio, porque el adulerio no existía. Conan Doyle suprimió su pecaminoso relato, aplicando la autocensura, pero salvó el monólogo del comienzo metiéndolo en otra historia de su famoso detective.
Sin embargo, Sherlock Holmes se inyectaba cocaína, en sus días aburridos, cuando Londres no le ofrecía nada más que cadáveres mediocres y ningún enigma digno de su superior inteligencia. Y Conan Doyle jamás sintió el menor reparo en incluir esta costumbre en varias aventuras del detective más famoso del mundo.
Con las drogas, no había problema. La moral victoriana no se metía en eso. La reina no escupía donde comía. La época que llevaba su nombre prohibía pasiones pero vendía consuelos...

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